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Una vez soñé

Una vez soñé que viajaba en un barco. En el puerto, con mi mochila a cuestas me despedía de mi familia y algunos amigos. Subía las escaleras del barco con la mirada puesta en el horizonte, imaginándome como sería un sitio lejano, donde no conocería lo que me fuera a ocurrir. Donde quizás, algo nuevo estaría por llegar.

Cuando me subí al barco observaba las caras de la gente. Ellos también me miraban a mi. Posiblemente todos teníamos muchas preguntas sin responder. Noté una atmósfera dentro de aquel barco muy frágil. Quizás, así éramos los que viajábamos hacia un lugar nuevo, donde no conocíamos apenas nada del lugar de destino. Donde no sabíamos apenas, sobre una nueva cultura, un nuevo lenguaje, o nuevas costumbres. No sabíamos absolutamente nada.

Cuando el barco se acercaba a la costa, entre el vaho y la humedad de los cristales, no conseguía definir bien qué colores y características tenía la tierra donde el barco se aproximaba para hacer su atraque. En ese momento, la luz era muy fuerte. Tan fuerte que entraba por el cristal dándome en la cara y me ponía un brazo en la cara para darme sombra. Bajé por la escalera del barco y divisé una tierra nueva. Parecía sacada de una historia de seres mitológicos, donde quedaron quebrantados en fósiles seres que dejaron huella luchando frente a otro tipo de criaturas de alguna especie indígena. Daba la sensación como si con los que me cruzaban me querían decir algo, pero yo no me atrevía a hablar con nadie. Probablemente por miedo a que no entendieran mi idioma, o posiblemente porque me fuera a sentir rechazado.

Lo curioso del sueño, era que había puesto mis zapatillas de correr dentro de la mochila. Como si pudiera darme la vuelta a la isla corriendo. Escasamente había caminado por la isla donde nos bajamos. Era como si me imaginara la isla entera en mi cabeza. Me la imaginaba de forma redonda, con montañas altas en el medio, con sus bosques, con sus acantilados en la costa, y con sus cascadas en los barrancos. Tan pronto como empezó a esconderse el sol, decidí ponerme las zapatillas para alimentarme visualmente de lo que podía clasificar mientras corría. Una casa, un árbol, un camino, dos personas sentadas en una piedra. Todo podía identificarlo, pero no quería relacionarme. Era, sencillamente una sensación, como si estuviera en un lugar en silencio. Solo contemplaba lo que me rodeaba.

Al día siguiente el barco zarpaba. Mientras iba al puerto, un niño se me acercó a mi, y me dijo “te ví cuando te bajaste del barco, pero no te fijaste en mi ¿te atreverías a volver a venir a este lugar?”, me preguntó con voz tímida. A lo que le respondí “si me prometes que tú vas a estar aquí, te pediría que me enseñaras la isla, porque seguro que esconde muchos sitios para perder todos los sentidos ¿no?”, le dije. “No es que esté enamorado de donde vivo, pero te aseguro que repetirás”, me dijo mirándome con cara sonriente y soñadora.

Son las 06:30 de la mañana. Suena el despertador al lado de mi cama. Me preparo mi café como cada mañana dándole vueltas al sueño de anoche ¿Y si el niño del sueño era yo?, me pregunto.

Siempre creí vivir en una tierra única. Idílica rodeada de mar. Vertiginosa por su orografía en la que durante sus orígenes, corrían lenguas de lava volcánica convirtiendo así, sedimentos puros de basalto, que originaron de forma circular a una isla entre las siete majestuosidades de la naturaleza.

En una de ellas resido desde que nací. Tierra de valientes, y de crónicas de conquistadores. Por alguna que otra razón, quedó apodada Gran Canaria. Una tierra circular donde mi sueño residió subliminalmente por momentos. Ahora espero como aquel niño a que atraque el próximo barco.

¿A quién enseñaré esta maravillosa isla para correr juntos con nuestras zapatillas, pedalear en bici o incluso nada por nuestras aguas teñidas por el azul del atlántico?

¡Aquí espero a la primera persona! Desde donde la naturaleza se forjó y el clima la bautizó como “una isla abierta al mundo para ser explorada en todas sus facetas, y donde el mejor gimnasio al aire libre, en cualquier mes del año, te espera”.

Tengo en mi el brazalete de anfitrión. ¡Le haré repetir la experiencia, lo prometo!

No me muevo de aquí. Me quedaré esperando a que atraque el próximo barco junto a Gran Canaria Tri Bike & Run.

2018-08-14T16:03:28+00:00
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